De lunes a viernes, las cosas

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Hasta hace poco más de un siglo y medio, las cosas eran feas. Siempre hubo obras de arte u objetos preciosos, pero las cosas de uso cotidiano que habitaban las casas por decenas (las vajillas, los muebles, las ropas, las herramientas) eran grises y aburridas. Eran feas, fabricadas con ese desdén que se ejerce sobre lo inevitable, sobre lo que está allí porque no hay otra alternativa, porque hay que beber, sentarse, vestirse y trabajar.

Si como dijo Arthur Schopenhauer la obra de arte es el domingo de la vida, las cosas son el “lunes a viernes” de la existencia. Pero de alguna manera eso cambió a finales del siglo XIX, cuando los objetos de uso cotidiano comenzaron a producirse a escala industrial y se convirtieron también en mercancías que competían con otras en el mercado.

Además de funcionar bien, debían gustar. No bastaba con adornarlas, incrustándoles piedras y firuletes, la belleza debía venir de ellas mismas, de su forma y de su materialidad. Hermosas tazas, bonitas sillas y sillones, lindas lámparas, elegantes sanitarios. El objeto único, precioso, artesanal, de cuño aristocrático, dejaba lugar al objeto de diseño, seriado, masivo, hecho con máquinas para el consumo burgués. Si la tecnología surgió, en buena medida, como la aplicación de la ciencia a la industria, el diseño nació en este gesto de intervenir con arte ese mismo territorio.

El filósofo italiano Maurizio Vitta ha llamado la atención sobre el hecho de que el diseño nace en la misma época que el cine, aunque no es la única conexión. En su libro La belleza proyectada sugiere una idea que exageraré para resaltar su agudeza. Tanto el cine como el diseño estrenaron el concepto de “reproductibilidad técnica” y se vieron obligados a buscar nuevas modalidades expresivas que no formaban parte de las artes liberales tradicionales. Las películas, al igual que las cosas diseñadas, son re-producidas por máquinas para la mirada de las masas.

Si la forma del mundo es la de las cosas que lo habitan, desde que la naturaleza ha dejado de mostrarnos el rostro a cada paso, les corresponde al cine y al diseño la tarea de proyectar el entorno en que vivimos. Desde las máquinas, el cine proyecta sobre pantallas imágenes a las que dota de sentido, imágenes que ahora también son parte del mundo. Del mismo modo, las máquinas del diseño proyectan cosas en las cocinas, en las alacenas, en los comedores, en los dormitorios y en los baños.

Así como el cine da un sentido a las imágenes a través del montaje, el diseño satura de sentido la forma de los objetos cotidianos, ayudando a crear ambientes personales más plácidos, como una película material, hecha de cosas, proyectada en la intimidad del hogar, de lunes a viernes.

El filósofo italiano Maurizio Vitta