Susana Badín: “Esta enfermedad espantosa me cambió la vida”

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Susana Badín (84) vive un calvario desde que contrajo Covid-19, hace un año.

“Esta enfermedad espantosa me tiene cansada; nos cambió la vida a mí familia y a mí”, abrevió el suplicio que soporta como puede en su casa de Altos Villa Cabrera, tradicional barrio ubicado en el sector noroeste de la ciudad de Córdoba.

El virus maldito le entumeció los nervios, le consumió más de la cuenta las reservas de energía y la dejó con escasa autonomía, apenas suficiente para desplazarse con dificultades por su hogar.

Antes del contagio, “Chucha” -tal su apodo- se caracterizaba por su impetuosidad, su extroversión, su buen ánimo y la disposición para juntar a la parentela los fines de semana y agasajarla con comida casera.

Las empanadas salteñas son su especialidad en la cocina.

Susana Badin recibió el alta médica por Covid-19 hace un año. (Pedro Castillo).

En un instante fatal y sin previo aviso, el coronavirus la transformó en una persona distinta al comprometer gravemente su salud y modificar aquellas costumbres vitales de manera radical; la recuperación de esta salteña de nacimiento y cordobesa por propia decisión avanza con lentitud, cuesta arriba.

Giro copernicano

“Ella es una geminiana hecha y derecha; muy expresiva y cariñosa. Vive diciéndonos que nos ama y organizando reuniones familiares para vernos a todos y saber cómo andamos”, le contó Mónica Maurell a La Voz un día después que Susana, su mamá, recibiera el alta médica en la Clínica Romagosa, el 20 de abril de 2020.

La paciente había ingresado en ese sanatorio privado local ni bien el Instituto Malbrán de Buenos Aires le comunicara a su médico de cabecera del Pami (su obra social) que el testeo de la muestra enviada desde aquí para su análisis había resultado positiva para SARS-CoV-2.

En el comienzo de la pandemia, cabe recordar, la evaluación diagnóstica de la infección se concentraba en ese organismo público descentralizado, dependiente del Ministerio de Salud de la Nación.

Estuvo internada poco más de tres semanas en terapia intensiva y luego otra más en sala común, previa al alta que la devolvió a su hogar llena de ilusiones.

De esa experiencia registra sensaciones contrapuestas.

Por un lado, agradece al equipo de salud por salvarle la vida. A la vez, cuestiona “la poca compasión” que -entiende- le dispensaron durante el mes y pico de aislamiento casi total en una habitación de paredes de vidrio traslúcido.

“Quienes me atendían entraban a la ‘pecera’ tapados por completo, cada cuatro o cinco horas y de uno a la vez; no sabía si el que tomaba el turno era varón o mujer hasta que le escuchaba la voz; estaban no más de diez minutos conmigo, sin intercambiar una palabra; les decía que necesitaba hablar con alguien, que la soledad me estaba volviendo loca. Me daba vergüenza que me tuvieran completamente desnuda, cubierta sólo con una sábana liviana; llegó un momento en que les rogué que se compadecieran conmigo, que me dieran un trago de agua porque tenía la garganta seca por la máscara y que me pusieran más oxígeno. A veces me costaba respirar, me faltaba el aire y sentía que me asfixiaba”, comenta en un hilo de exhalación con tono débil y dicción apenas comprensible

La evocación la angustia, le anuda la garganta y deviene en sollozo; luego, en llanto.

La secuencia dolorosa se repetirá varias veces en el transcurso de la conversación. En todos los casos, la conmoción se traducirá en lágrimas y al testimonio le sobrevendrá una pausa, necesaria para recuperar la calma y el aliento.

Desafío difícil

Cuando Susana ingresó con protocolo de Covid-19, los médicos de la Romagosa pensaron que sería difícil que superara el trance. La conjetura encontraba sustento en la historia clínica de la paciente.

Ella padece hipotiroidismo, artritis reumatoide y fibromialgia (enfermedad que se caracteriza por un dolor muscular crónico). También le extrajeron hace tiempo un pequeño tumor del estómago y tuvo varias operaciones traumatológicas en las manos y en los pies.

Los achaques que venían desde antes del contagio se agudizaron debido a la infección y al mes de postración. Además, se les sumaron las secuelas del Covid-19.

“Mientras estuve internada jamás entró un fisioterapeuta para ayudarme a hacer movimientos mínimos, aunque sea. Por eso salí de la clínica con rigidez muscular y las rodillas destrozadas por la artrosis”, comenta con ofuscación.

“Hasta el día de hoy no puedo caminar sin apoyarme en la pared o en el andador. Tengo puestas rodilleras de new prem con tutores y tuve que aprender de nuevo a levantar la cabeza y mantenerla erguida, a sentarme en la cama, a ponerme de pie; a movilizarme, primero en silla de ruedas y después con andador o bastón; ¡todo esto me tiene muy cansada!”, describe la progresión de la desventura.

El nacimiento en plena pandemia de Nina y Francesca, sus bisnietas, le devolvió el entusiasmo. También, el año pasado, la alegró el reencuentro con Ivonne, la mayor de sus cuatro hijos. Vino desde Alemania, donde reside desde hace décadas.

“Estuvo acompañándome tres meses. Me sacaba a pasear en el auto, me llevaba a merendar, se turnaba con Mónica para atenderme, cocinarme, bañarme”, agradece.

“Desde hace un tiempo está conmigo Fabiana, mi acompañante terapéutica; ¡es un amor de chica!”, reconoce.

Cuenta que hizo psicoterapia con la intención “de borrar los recuerdos espantosos de la internación”. No logró el objetivo y abandonó las sesiones.

Ahora intenta esfumarlos pintando y escribiendo, dos de sus pasiones.

“Me gustaría publicar un libro de poemas y mi autobiografía. Tengo muchas historias para contar”, avisa y un destello de luz le ilumina la mirada.

Mientras tanto, espera con impaciencia que le comuniquen el turno para recibir la primera dosis de la vacuna contra el Covid-19.

Dice que los estudios que le hacen de manera periódica para monitorear la evolución de su salud indican que ya no tiene anticuerpos contra la enfermedad.

Eso también le preocupa y le altera el sueño.